viernes, 11 de mayo de 2007

CLARICE LISPECTOR: Traducciones de Florencia Fragasso


Clarice Lispector nació en Tchetchelnik, Ucrania en 1920 y llegó a Brasil a los dos meses de edad. Se crió en Maceió y Recife, mudándose a los 12 para Río de Janeiro, donde se formó en Derecho, trabajó como periodista y comenzó su carrera literaria. Casada con un diplomático, vivió muchos años en el exterior. Tuvo dos hijos, y murió en 1977. Entre sus muchos libros, podemos citar los cuentos de Felicidad clandestina, El vía crucis del cuerpo y Silencio. Entre las novelas, Cerca del corazón Salvaje, Aprendizaje o el libro de los placeres, y La pasión según G.H. La editorial Siruela (saladitos!) está reeditando toda su obra, prácticamente agotada en sus ediciones en castellano. Con suerte todavía se encuentra alguno que otro en Parque Rivadavia.
Aquí, una pequeña selección de crónicas del libro Para não esquecer.

Había una vez

Respondí que me gustaría poder un día finalmente escribir una historia que comenzara así: "había una vez...". ¿Para niños? Preguntaron. No, para adultos, respondí ya distraída, ocupada en recordar mis primeras historias a los siete años, todas comenzando con "había una vez..."; yo las enviaba a la página infantil de los jueves del diario de Recife, y ninguna, pero ninguna, fue jamás publicada. Y era fácil ver por qué. Ninguna contaba propiamente una historia con los hechos necesarios para una historia. Yo leía las que ellos publicaban, y todas relataban un acontecimiento. Pero si ellos eran obstinados, yo también. Desde entonces yo había cambiado tanto, que quizás ahora ya estaba lista para el verdadero "había una vez". Me pregunté enseguida: ¿y por qué no empiezo? ¿Ahora mismo? Sería simple, sentí. Y comencé. Al haber escrito la primera frase, vi inmediatamente que aún me era imposible. Había escrito: "Había una vez un pájaro, Dios mío".

La pesca milagrosa

Entonces escribir es el modo de quien tiene la palabra como anzuelo: la palabra pescando lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra muerde el anzuelo, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, se puede con alivio echar la palabra afuera. Pero ahí cesa la analogía: la no-palabra, al morder el anzuelo, lo incorporó. Lo que salva entonces es leer "distraídamente".


Acordarse

Escribir es tantas veces acordarse de lo que nunca existió. ¿Cómo conseguiré saber de aquello que no sé ni un poco? Así: como si recordase. Con un esfuerzo de "memoria", como si nunca hubiese nacido. Nunca nací, nunca viví: pero me acuerdo, y el recuerdo es en carne viva.


La catedral de Berna, domingo a la noche

Todos los domingos a la noche (creo que sábados a la noche también) encendían lo que me parecían miles de lámparas en el contorno de la Catedral, gótica, dura, pura. Lo que acontecía entonces era que, a la distancia, todo lo que era piedra rugosa se transformaba en simple dibujo de luz. La luz desmaterializaba lo compacto. Y por más que la vista inteligente quisiese continuar entreviendo el impacto de una pared, sentía que la traspasaba. Alcanzando no el otro lado de la transparencia, sino la propia transparencia.

Sobre Clarice

Dos fragmentos del libro Clarice Lispector, o tesouro de minha cidade, de Ana Miranda, de la serie Perfis do Rio.

La ciudad dentro de Clarice

Dentro de Clarice no hay una ciudad, sino un campo, silencioso, iluminado por los rayos de luna. La ciudad está fuera de ella, en torno. Sólo puede ser recordada como un sueño, o como la impresión de algo que ya aconteció y va a acontecer nuevamente. Una ciudad hecha de vidrio, luces, agua, arena. Un campo es más amplio que una ciudad. En un campo, un espíritu puede vagar con más libertad, pues los espíritus vuelan, y con gran rapidez. La ciudad está en torno de Clarice como las rejas en torno de un prisionero. Los edificios altos de cemento son las barras de hierro que no la dejan partir para siempre, rumbo al infinito.

Rosas trémulas

Clarice vive al pie de la montaña, en Gustavo Sampaio, una calle rodeada de almendros. Allí, su amiga Nélida dice haberla visto muchas veces apoyada sobre el cantero de mármol en la puerta de su edificio, mientras los transeúntes pasaban indiferentes a su suerte.
La placa al frente del edificio dice apenas: 88. No hay ninguna placa diciendo que allí está la casa de Clarice, como hay en La Habana una placa en un hotel, aquí se hospedó alguien por una noche, apenas, pero para siempre, no hay ninguna estatua de Clarice, como hay una estatua de una mujer que se mató, en Gotemburgo, en cuyas manos de bronce los paseantes depositan flores verdaderas. No dieron su nombre al edificio 88. Tampoco hay una calle con el nombre de Clarice, en Leme. Dieron su nombre a algo que vaga en el cielo, encima de la ciudad. Nube Clarice Lispector. Lluvia Clarice Lispector. Arcoiris. Nebulosa. No hay ninguna placa, pero está la presencia de Clarice. Llega por la marea, por la luz, por el aire, por las hojas de brisa, por el rayo de luna. Clarice vive en las cosas etéreas. Su placa está hecha de nubes y olas saladas y arena. Clarice está todavía recostada allí en el pretil y nadie puede verla, las personas continúan pasando indiferentes. Pero ella está dentro del alma de otras mujeres, y también de los hombres. Su alma está dentro de otras almas, dentro de mujeres que quieren ser Clarices, indiferentes a su sufrimiento. Porque el sufrimiento de Clarice dio frutos, o mejor, flores, o mejor aún, rosas, bien rojas como labios de una mujer. Preludios de una palabra. Clarice nunca es un momento presente, ella siempre es un preludio. Sus ojos son preludios de lágrimas.


Traducciones: Florencia Fragasso